Yo decido

El título que acompaña a estas reflexiones puede inducir al lector a pensar que hay una cierta dosis de prepotencia e incluso de egocentrismo.

Lejos de esta percepción particular el fondo de la cuestión nos lleva a analizar en qué medida nuestras decisiones y nuestras actitudes condicionan la manera en la que nos sentimos acomodados en el mundo.

Sentirse integrado, pleno y aceptado por la sociedad es garantía de estabilidad personal, pero la herida puede abrirse si percibimos que nuestros actos no son aprobados de una u otra manera.

El poder de decidir sobre cómo actuar tiene que ver no solo con nuestras convicciones personales sino también con el grado de poder que concedemos a la aprobación externa.

Uno tendrá plena libertad de maniobra cuanto mayor sea el desapego a la opinión externa. Siempre parto de la premisa de que esa libertad es la bien entendida, la que no daña a un tercero o cercena los derechos de los demás. Partiendo de esta base, uno debería tener la libertad de poder decidir por sí mismo, pero lo más importante es poder decidir cómo afectan las decisiones propias.

Para eso debemos tener un pleno control de nuestros intereses. De situarnos en el centro de ese interés y, aunque suene ciertamente egoísta la argumentación, solo así lograremos decidir con la libertad y la garantía de que esa acción nos reconfortará.

Así que decide por ti, pensando en ti, decide para ti y hazlo con el convencimiento de que tu decisión es también parte de tu felicidad.

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