¿Qué hago yo sin ti?

He tenido la suerte o desgracia de toparme con personas que no saben querer.

El arte de saber querer no es sencillo y supone una elevada dosis de madurez emocional que no demasiadas personas han logrado desarrollar. Las hay que se han quedado en lo básico, en querer temporalmente o cuando tienen la necesidad de cubrir un roto o un descosido. Luego se esfuman.

Hay autores que los llaman los amarillos. Son personas que aparecen en tu vida para cumplir una misión y puede que ya nos las vuelvas a ver. Realmente no me refiero a los amarillos, me refiero a los negros, a los de alma oscura y siniestra que simulan querer para luego desaparecer.

Los he conocido en muchos ámbitos y puedo afirmar que hoy soy capaz de detectarlos a dos metros de distancia. Es el valor de la experiencia. O la factura de haber padecido su compañía.

El problema se produce cuando tú, que sabes querer, entregas tu amistad y tu alma convenida de que es desinteresado y honesto. El revés es fulminante y ya es demasiado tarde para retroceder.

Esos seres emocionalmente no disponibles acaban descolocando tu esquema de prioridades, pero ojo, no el de los valores. En ese contexto de decepción surge la gran pregunta:

¿Qué hago yo sin ti?

Hoy tengo la respuesta: Volver a vivir.

Hacerlo con plena libertad y convencimiento de que es una liberación emocional. Te va a costar, no lo dudo, y si te cuesta estarás demostrando la madurez de tus emociones.

Primero pasarás de reglón, luego de párrafo, y finalmente de página. Para ello necesitarás armarte de valor y rodearte de las personas adecuadas. Entonces tendrás una gran ventaja: podrás olerlos en la distancia y apartarte antes de que ellos se acerquen demasiado.

Es pura cuestión de supervivencia y tú puedes hacerlo y hacerlo sin ellos.

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