Positívate

Siempre me ha gustado ver el vaso medio lleno y ésa es la visión que quiero trasladar en mis colaboraciones. Buscar el lado positivo de la vida y ayudar al lector a encontrarlo.

La vida no se detiene, nada debe detenerla y somos nosotros los únicos capaces de sostener el timón para atracar en un puerto amigo o en un puerto pirata.

No estás solo

A veces me he imaginado cómo se siente un árbol en mitad del bosque. Arraigado en el terreno, con las ramas rozando lo inalcanzable y con la habilidad de mantenerse erguido a pesar del paso del tiempo.

Esa imagen de robustez siempre me ha impresionado y cuando lo invoco en mis pensamientos tengo la impresión de que es feliz. Sonríe con voz sabia y grave y me observa desde su peana. Es un gran observador y analista.

El ser humano bien podría identificarse con ese árbol que observa, que siente al contrario, pero tenemos una habilidad que nos diferencia del ser natural, es la capacidad de comunicarnos y de interactuar.

Es ahí donde nos tenemos que apoyar para expresar. No es sencillo y no todos nacimos con la capacidad de exteriorizar lo que discurre por nuestro interior. No es sencillo, pero hay que intentarlo.

Históricamente, incluso cuando no existía un código de comunicación común, existía la capacidad de hacerse entender por la vía que fuese. Hoy nos cuesta. Incluso con todos los medios a nuestro alcance, hemos sustituido esa capacidad de comunicación verbal y física por una pantalla que en la soledad del hogar puede hacernos sentir rodeados. Pero es una comunicación incompleta.

La comunicación plena es aquella que se produce con el verbo y con la piel, con las miradas, con los gestos…Solo así, seremos capaces de conocer y de entender al otro.

Pero la primera comunicación que ha de haberse desarrollado en plenitud es la propia. Una buena conversación con uno mismo es fundamental para avanzar en el conocimiento propio.

Solo así podremos conectar con el exterior. Pero ojo, siempre como ese árbol del inicio. Con sus raíces bien ancladas, con el tronco señorial y con las ramas bien erguidas, siempre en proyección hacia lo más alto, pero sin invadir al de al lado.

Así es la vida, como un bosque que a veces no te deja ver, pero que al final te muestra tu camino de vuelta a lo esencial.

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