Madres pluscuamperfectas

Creo que lo más parecido a la perfección cuando un niño nace es su olor.

Ese aroma envolvente que te eleva y te hace olvidar por un momento el dolor del espasmo muscular que antecede a su llegada. Es un olor perfecto y una no se cansa de acercar la cara a su cabecita y aspirar profundamente esperando que nunca se acabe ese bálsamo para los sentidos. Es una de las sensaciones más placenteras de la maternidad y a ésta le siguen muchas más.

Pero no todo es perfección en el cuidado de los niños. De hecho, me atrevería a decir que prácticamente todo puede ser imperfectamente perfecto.

Y no pasa nada.

Como el canon de belleza, la maternidad ha evolucionado al mismo ritmo que se ha desarrollado el papel de la mujer en la sociedad. Ahora somos madres a tiempo parcial y eso implica asumir que somos madres pluscuaimperfectas. Tenemos el listón de abuelas y madres alto y la presión del entorno digamos que no ayuda en exceso. Trabajar fuera de casa y atender a la descendencia a veces se convierte en una misión imposible que, al final, te lo digo yo, se acaba resolviendo.

Tenemos esa capacidad de resolver una ecucación y vigilar que el arroz no se pase. Pero si un día o dos se pasa…

No pasa nada.

Tampoco pasa nada si ese día no estamos para ecuaciones ni arroces. Somos pluscuamperfectas, ya se nos ocurrirá algo sobre la marcha.

Perdónate si abres una sopa de sobre en lugar de echar el morcillo y todos los arreglos a la olla.

Perdónate si llevan dos días con la misma camiseta y el mismo lamparón.

Perdónate si un día estás demasiado cansada como para leerles el cuento de cada noche. Pero si eres madre pluscuamperfecta, no deberías olvidarte jamás de acurrucarte e inspirar sobre su cabecita para recordar que su olor siempre será perfecto.

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